Jadeando Suavemente: Tercera Parte

ESTO ES SOLO UNA PRUEBA:

Los que me habéis estado siguiendo sabéis que estoy trabajando para crear un blog mucho más grande, con todas esas mejoras que merecéis y que tanto os gustan. No os voy a engañar, el proceso,para alguien como yo con pocos conocimientos informáticos-está claro que el área de conocimiento donde soy realmetne buena es la  escritura-, me está llevando bastante tiempo y todo mi esfuerzo.

Pero por otro lado, voy a confesaros que MARCHA MUY BIEN, Y PRONTO  ESTARÁ LISTO; la verdad es que disfruto de veras cuando uno le pone mucho empeño a una tarea y ve que los resultados salen adelante¿os pasa lo mismo?

En cualquier caso, y a modo de prueba para ver quienes siguen fielmente enganchados a mi famosa saga “Jadeando Suavemente”…aquí tenéis la TERCERA PARTE( no sé si en el nuevo blog volveré a publicarlas, así que probablemente estén disponibles durante poco tiempo, por lo que os sugiero que lo recomendéis a todos aquellos amigos que creáis que les puede gustar tanto o más que a vosotros. (Por cierto, aquellos que hayáis estado siguiendo y disfrutando de las tres primeras partes..vosotros tendréis las dos últimas:eso os lo garantizo).

Y ahora…Jadeando Suavemente Tercera parte:

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Había ganado ella. Besarse despacio y tan tiernamente le había dado la respuesta que buscaba. Se había alejado de allí sin hacerle caso a los gritos de negación de su cuerpo. Todavía sentía un hormigueo en los labios. Caminó en silencio por la muralla del palacio, contemplando las sombras del atardecer sobre la ciudad. Había algo mágico en esa visión; la mitad de la ciudad disfrutando de la cálida luz del atardecer, los niños jugando en las calles, el mercado exultante de vida mientras los tenderos trataban de sacarle el mayor provecho a la jornada.

            Otra parte de la ciudad sumida en la semipenumbra, en la sombra bienvenida; era ése el momento en el que las madres aprovechaban para tender la ropa, para cocinar al aire libre, para reunirse en los patios sin sentir la presión del sol inclemente. Era el momento de los enamorados, de los paseos por las zonas ajardinadas, de los besos robados a la inocente juventud.

            Era la hora del cambio de guardia, cuando los soldados regresaban al hogar a abrazar a sus chicos, y tras un fugaz beso a su mujer eran arrastrados de la mano por los hijos para disfrutar entre juegos de las últimas horas del día.

 Podía percibir en el aire la llegada de la primavera. La fragancia de una tierra que deseaba abrirse y florecer. Sentía sobre su piel, con deliciosa anticipación, el cálido abrazo de la lluvia fresca, y recordaba cuánto le gustaba pasear bajo la lluvia,  a veces durante horas. Estaba decidida a compartir esos momentos íntimos con él; quería ser ella quien le enseñara a disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, pequeñas pero sin las que, al menos ella, no podía vivir. Quería ese grado de complicidad con él.

 Míriel contemplaba fascinada el contraste entre el crudo desierto, monótono y estéril, y la ciudad multicolor que la cautivaba sutilmente. Todavía tenía algunas dudas, pero sabía algo con certeza: se estaba enamorando.

     De la ciudad.

 Así despertó de una breve cabezada al aire libre, contemplando los colores del sol poniente, y la forma que tienen de danzar sobre el agua del lago, con la impresión de estar observando el vasto mundo desde la proa de un gran navío, escuchando la canción del océano que le canta como una sirena a su corazón, admirando el chocar de las olas contra la costa rocosa, llenándola de ilusión y de ganas de vivir, llenándola desde dentro, desde el lugar  donde reside su alma. Esa sensación crece y crece, mientras ella siente que sube y sube; flota, y siente que los pies no están tocando suelo firme, pues éste ha sido sustituido por el aire fresco, y esa brisa le acaricia entre los dedos de los pies.

            Esa sensación de libertad y de ilusión continúa creciendo, volviéndose más fuerte a cada instante, y parece envolver su cuerpo, amoldándose a él como una manta se amolda a un cuerpo desnudo, hasta hacerse uno, incendiándolo con su calor. Calor y viento… trabajando juntos, unidos como amantes.

            Un amante que había comenzado la seducción quitándole los zapatos y soplando en los dedos de los pies, besando individualmente cada dedo, acariciando su pierna mientras, delicadamente, su mano se movía diestramente: antes o después esa mano acabaría entre sus piernas, donde ella deseaba que estuviese, donde necesitaba que estuviese.

             La pasión tenía muchas formas, y esta era una de las mejores. No podía expresarse con palabras; emociones: eso era todo lo que existía. El deseo de rendirse. La sumisión ante este placer.

   La noche cambiaba las reglas por completo. Era la hora de los sueños, la hora en la que los disfraces de culpabilidad y recato quedaban obsoletos, y eran sustituidos por nuevos roles, el papel de una mujer que desea ser seducida por cuanto la vida tiene por ofrecer. Esta noche se pondría un disfraz diferente; daría rienda suelta a su pasión de una manera casi agresiva, liberaría ese instinto puramente femenino, puramente sexual que había estado aletargado y que ahora comenzaba a resurgir en silencio, sin que ella lo advirtiese. Sin embargo, cuanto más consciente era de que estaba ocurriendo, cada vez que respiraba, cada vez que parpadeaba, descubría que esas sensaciones estaban creciendo,  volviéndose más fuertes, más intensas, más deseadas, porque nacían de ella, y eran tan profundas que su cuna, el lugar de su nacimiento, era el alma.

            Su alma era como una tierra vigorosa, empero tenía algunas carencias, anhelos incumplidos, deseos olvidados y esperanzas perdidas que ahora, en este preciso instante comenzaban  a verse colmadas, cumplidas, conseguidas, que hacían que su alma se sintiese completa,  rebosante de las más gratificantes sensaciones que alguna vez pudo imaginar.

  Su voz le hablaba, acariciándole los oídos.

   Existía una única razón por la sería seducida sin remedio: porque lo deseaba. No era algo impuesto por nadie, sino que ese sentimiento era suyo. Lo deseaba. Todo su ser exclamaba por ello, lo pedía a gritos, silenciosamente, con sus manos, con sus ojos, con su soñadora sonrisa. Cada paso que había dado en el camino y cada día de su vida la habían conducido a esta noche, a este momento junto a él.Y sería implacable: un puño de hierro dentro de un guante de terciopelo. cautivadora, sería la personificación de la tentación y de la ilusión, atrayéndolo más y más con cada palabra, con cada gesto, tentándolo con cada inflexión de su dulce y encantadora voz, incitándole hasta resultar castigadora.

 

 

photo_86

Rosspark.

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2 comentarios to “Jadeando Suavemente: Tercera Parte”

  1. calidasirena Says:

    Me ha encantado… Una pasada..
    Un besote muy cálido

  2. MEDEA Says:

    Preciosa esta trilogia. Tenme infomrada del nuevlo blog.
    UN BESAZO ENORME

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